Juan
Manuel de Prada nos decía en un artículo magistral, como casi todos los suyos, si
en España podríamos acogernos a una DESOBEDIENCIA CIVIL, en vista de las leyes
injustas que día a día nos está imponiendo este Gobierno sin ideología.
¿Habrá en España jueces capaces de acogerse a
este derecho para no dejar de ser hombres, dispuestos a ser expulsados al lugar
que el Gobierno ha provisto para los espíritus más libres, a la única casa en
la que pueden permanecer con honor?
H.
David Thoreau publicaba en 1849 su obra “Desobediencia
civil”, formulando un concepto sobre el que más tarde teorizarían muy
diversos filósofos del Derecho, hasta que Gandhi lo convirtiera en motor de una
liberación nacional.
Entresaco
a continuación una cita del citado opúsculo, sumamente elocuente e iluminadora:
«Existen leyes injustas. ¿Debemos conformarnos con obedecerlas? ¿Nos
esforzaremos en enmendarlas, acatándolas hasta que hayamos triunfado? ¿O
debemos transgredirlas de inmediato?.
Bajo un Gobierno como los que nos ha tocado
padecer en esta mal llamada Transición, los hombres en general piensan que deben
esperar hasta convencer a la mayoría para modificarlas, piensan que, si
resisten, el remedio sería peor que la enfermedad, pero es el Gobierno quien
tiene la culpa de que el remedio sea peor que la enfermedad, si la injusticia
forma parte de los problemas inherentes a la máquina de gobierno, dejémosla
funcionar, quizá desaparezcan las asperezas y la máquina se desgastará.
Pero si
la injusticia requiere de tu colaboración, convirtiéndote en agente de injusticia
para otros, infringe la ley, que tu vida sirva de freno para detener la
máquina, lo que debes hacer es tratar por todos los medios de no prestarte a
fomentar el mal que condenas.
El
ejercicio de la desobediencia civil exige, ante todo, espíritu cívico.
Al
desobediente no puede moverlo un interés personal o corporativo, sino la
convicción de que su comportamiento deparará un bien a la sociedad. Asimismo,
el ejercicio de la desobediencia civil habrá de tener un valor de ejemplaridad
pública, de tal modo que, al negarse a aplicar o cumplir una ley injusta, su
decisión contribuya a convencer al resto de ciudadanos de la justicia de su
pretensión.
Por supuesto, dicha desobediencia ha de ejercerse pacíficamente y
en coherencia con los principios que inspiran el orden democrático, pues su
propósito no es socavar sus cimientos, sino promover la reforma de aquellos
aspectos de la legislación que lesionan el bien social.
Para
Gandhi, la desobediencia civil no era tan sólo un deber moral, sino un derecho
intrínseco del ciudadano, que no podía renunciar a él sin dejar de ser hombre.
Quienes la han predicado y practicado y a los nombres ya citados de Thoreau y
Gandhi podríamos añadir los de Tolstoi o Martin Luther King-, consideraban que
el fundamento último de la desobediencia civil era la existencia de unos
principios de Derecho natural, anteriores a la ley positiva, que son
intuitivamente identificables por la conciencia.
La
desobediencia civil no debe entenderse, pues, como un mero desacato a la
autoridad, sino como una oposición concreta a la ley injusta promulgada por la
autoridad. Una ley es injusta cuando no es congruente con los principios
inspiradores del ordenamiento jurídico.
Así,
por ejemplo, si la Declaración Universal de los Derechos del Niño establece
que, para todos aquellos asuntos que afecten a la infancia, se legislará en
beneficio de ésta, una ley que prive a los niños de una filiación completa,
determinada por la dualidad de sexos, se habrá de reputar injusta.
Así mismo el
derecho a recibir la educación en la lengua que consideren oportuna los padres,
nunca a gusto del Estado.
Por
supuesto, el desobediente civil debe estar dispuesto a aceptar la pena que la
autoridad le imponga por no aplicar esa ley injusta. ¿Habrá en España jueces
capaces de acogerse a este derecho para no dejar de ser hombres, dispuestos a
ser expulsados al lugar que el Gobierno ha provisto para los espíritus más
libres, a la única casa en la que pueden permanecer con honor?
La historia de la humanidad está repleta de leyes
injustas que fueron modificadas gracias a la presión social
¿Cuestionaría alguien hoy las estrategias de
desobediencia de Rosa Parks o de la resistencia judía contra los nazis?
Pensemos
con serenidad, pero esta España no va bien en valores humanos y éticos.
El
honor brilla por su ausencia
Saludos cordiales
Para ello son imprescindibles jueces con equidad, no político-jueces.
ResponderEliminarSaludos desde Mexico. Cuidate.
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